miércoles, 8 de septiembre de 2010

Homenaje a un tropelero



Colombia Hoy Informa, No. 136. Bogotá, julio de 1995, Pp.5-6.

Esta sección está reservada a la colaboración de columnistas invitados. Esta vez, sin embargo, le hemos cedido el espacio a un miembro del Comité Editorial para expresar nuestra conmoción y nuestro rechazo por un asesinato, por todos los asesinatos.

"Le monde s'engendre dans le délire, hors duquel tout est chimère." 1 E. M. Cioran

Escribo con rabia. Con esa misma rabia que en Colombia nos ha llevado a desangramos por generaciones. Con la rabia que destruye al país desde que existe. Escribo para librarme de esa rabia, para que no se convierta en violencia, en más muertos, en más sangre. Para romper en mí, una y otra vez, la cadena que nos lleva hasta la guerra. Escribo para no hacerle el juego a la rabia de los otros, de los que han convertido la venganza y la muerte en una causa. Para no dejar en el silencio una respuesta a quienes en forma ambigua o directa buscan razones para justificar un asesinato.
Escribo con dolor. Mataron a Humberto Peña Taylor, por la espalda, en la cafetería de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Lo mataron con la cobardía pagada de los sicarios, a él, que siempre le dio la cara al tropel. Mataron a Humberto Peña Taylor y los periódicos, los buenos ciudadanos, los revolucionarios de oficio y los informantes, sueltan ru¬mores para tranquilizar sus conciencias. Unos dicen que era policía, tira en el argot universitario y de la izquierda; otros dicen que era Guardia Rojo, otros que anarquista; otros que era un simple provocador. En medio de tantas habladurías logran olvidar el asesinato, el hombre, la vida y si¬guen su camino de borregos. Hablan en el lenguaje de la muerte.
Conocí a Humberto cuando regresé a Colombia en el 91. Le decían El Duce, por una de esas analogías caprichosas que nacen en la Universidad Nacional. Hablaba con fuerza en público y mezclaba la jerga académica y filosófica con su verbo santandereano. No le conocí militancia política; me parece que estaba lejos de él la disciplina del partido o la fe religiosa de los Guardias Rojos. De tira sólo tenía los mechones de cabello que le colgaban por la nuca en un corte de pelo desafiante. Discutí con él como profesor y me hice amigo en el debate. Desde luego no era un santo, a menos que pensemos en los Santos Delirantes de Cioran. Pero ni aun así; odiaba la sabiduría mística y la filosofía de Cioran le parecía demasiado lasti¬mera. Lo conocí y aprendí a quererlo en lo mucho que nos separaba y en lo poco que nos unía. No compartía su desprecio por lo que él llamaba la masa, su pasión por el tropel en la universidad, que considero un juego peligroso que contribuye a maniatar nuestra acción crítica frente a la sociedad colombiana; su gusto por la acción inmediata, directa y con frecuencia violenta; su pose intelectual de elegido para librar una batalla personal contra el poder; y el discurso ambiguo que a veces copiaba de los enemigos que combatía. Sobre esos y otros temas, como su concepción sobre la mujer, discutimos muchas veces en público o en los corredores de la facultad.
Llevaba adentro una rabia y una fuerza que lo hacían mirar con desconfianza las palabras y los discursos intelectuales. Sin embargo, estaba metido hasta los tuétanos en la academia. Buscaba en la filosofía (Zuleta, Marx, Deleuze, Foucault, Bakunin, Guattari, Negri) un aliado inteligente para esa furia interna que lo impulsaba al tropel, y en muchas ocasiones con lucidez y verborrea lo encontraba. A veces era difícil hallar argumentos para contrarrestar su convencimiento de que sólo la acción directa era válida, en una sociedad que únicamente le ofrecía la muerte, el exilio, el silencio o la violencia.
Escuchándolo aprendí a respetar su capacidad para construir pensamiento propio, para no tragar entero, para no bajar la cabeza ni arrodillarse ante los poderes institucionales o alternativos. Aprendí a respetarlo en la crítica con que me bombardeaba, en su sonrisa ruidosa, en la solidaridad que repartía en silencio. Aprendí a ver en él una Colombia con la que necesitamos dialogar hasta al cansancio, a la que tenemos que permitirle encontrar puertas de salida para el presente miserable que vivimos, con la que debemos aprender a convivir y a crecer antes de destruirnos. Viéndolo moverse por la Universidad comprendí que su espíritu de tropelero iba más allá de las piedras y las papas, y que era una tontería que lo desperdiciara en enfrentamientos directos con la policía y el ejército, en vez de tener la paciencia para ayudar a reconstruir un país diferente por un camino que no le hiciera el juego a la violencia. Así se lo dije la última vez que nos vimos, me miró con la misma impaciencia de siempre.
Termino este homenaje con tristeza; con las lágrimas con las que he llorado tantos amigos, que ya me siento viejo. No he aprendido a alimentar mi espíritu de lucha con los muertos. No tengo una memoria antropófaga. Todos mis muertos me hacen falta y desearía que estuvieran acá. Que El Duce pudiera leer estas inútiles palabras y preparara contra mí toda su madera simbólica. Al igual que él, no puedo acallar mi alma de tropelero llena de huecos; pero no quiero que la guíen ni la rabia, ni el dolor, ni la tristeza. El asesinato de Humberto Peña Taylor no tiene justificación, así fuera tira, Guardia Rojo, anarquista (que en parte lo era) o provocador. No podemos aceptar que el lenguaje de la muerte siga tomando nuestras vidas cotidianas y que la información sea manejada por los cultores velados o abiertos de la guerra armada.*
Leopoldo Muñera Ruiz2
19 de junio de 1995.
Notas:
1. "El mundo se engendra en el delirio, fuera del cual todo es Quimera." E. M. Cioran. Des larmes et des saints. En: CEuvres, París, Gallimard, 1995, p. 237.
2. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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